En un contexto de tensión geopolítica y vencimientos exigentes, el Bank of China se sumó al REPO que permitió cubrir el pago de bonos, enviando una señal política de respaldo al gobierno libertario.

Seis bancos intervinieron en la colocación del REPO (Repurchase Agreement) por unos US$3.000 millones, con lo que se cumplirá mañana, en tiempo y bastante forma, el pago del compromiso por unos US$3.440 millones correspondiente a los bonares y globales que vencen el 9 de enero. Cinco fueron clásicos de este tipo de eventos: Santander, BBVA, Goldman, Deutsche y, obviamente, el JP Morgan, que otra vez fue una especie de anfitrión del evento.

La sorpresa fue el sexto: el Bank of China, quien, por lo que se sabe, pidió formalmente participar del préstamo garantizado. Claro, negocios son negocios: el banco norteamericano no tuvo ningún problema en aceptar el requerimiento y la entidad financiera oficial del Gobierno chino participó de la colocación.

El acto es más que una anécdota y anticipa, de manera optimista, que pese al acercamiento acelerado por los eventos venezolanos de la semana que terminó, la intención del gobierno de Xi Jinping es colaborar con Javier Milei y su gente, y no provocar socavones financieros en la marcha de la gestión libertaria. Todo esto, más allá del conflicto con la extracción de Nicolás Maduro de su lecho de noche en Caracas, las protestas chinas por la acción militar, el corrimiento del país oriental del modelo exportador petrolero que se viene en el país caribeño y, en definitiva, la puesta en marcha del aggiornamiento de la Doctrina Monroe.

China, pragmática, en lugar de vengarse de un aliado directo de Donald Trump, eligió colaborar en la difícil hora del ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, de conseguir el dinero para pagar el viernes uno de los dos vencimientos más complicados del año. La acción del Bank of China (de línea directa con el Partido Comunista Chino y sus acciones continentales) fue la de tender una mano a la acción coordinada por el JP Morgan, como si nada estuviera ocurriendo en el continente latinoamericano.

Algo había anticipado el lunes Javier Milei sobre la hora de romance entre Argentina y China, al afirmar que “yo no voy a romper los lazos comerciales con China” y que “una cosa es la geopolítica y después está la cuestión comercial”.

Esta posición de bienaventuranzas cruzadas hace renacer el optimismo en una cuestión más de fondo. El próximo 14 de junio vence el préstamo que casi personalmente le dio Xi Jinping al libertario en esa fecha de 2024, al renovar el swap por unos US$6.000 millones, otorgado durante la gestión de Sergio Massa como ministro de Economía de Alberto Fernández, renovado por acción de gracias desde Beijing y que comenzaba a ser una amenaza de próximo default político, salvo que desde Estados Unidos se activara un nuevo préstamo para cubrir el crédito oriental. Aparentemente, no serán necesarias nuevas medidas heroicas de parte de Scott Bessent y el Tesoro de los Estados Unidos. China está demostrando en los hechos que está dispuesta a continuar siendo paciente con el país y a renovar el préstamo por dos años más.

Esos US$6.000 millones son, en realidad, parte del pasivo que el país mantiene con China. El total de la deuda asciende a unos escalofriantes US$20.000 millones, que nominal y simbólicamente engrosan la nómina de dólares dentro del Banco Central y que siempre están a tiro de retiro si desde Beijing se termina la infinita paciencia financiera oriental. Algo que no estaría por ocurrir.

Sin embargo, se sabe que desde Beijing se está a la espera de una gran prueba de amor. Argentina debe reactivar la obra pública más cara y políticamente pesada del país, heredada de los tiempos finales del kirchnerismo: la represa Cepernic-Kirchner, una megaobra adjudicada al final del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner al consorcio chino Gezhouba, con los cordobeses de Electroingeniería como inevitables chaperones locales. El acuerdo total fue por unos US$11.000 millones, en liquidaciones sucesivas dependientes del avance de las obras. Para que el dinero fluyera sin problemas, el mecanismo de giro de divisas sería a través del swap. Se eligió ese mecanismo sabiendo, tanto en Buenos Aires como en Beijing, que ya en esos años en el Banco Central no había dólares. Las reservas rondaban los US$30.000 millones y las posibilidades de la Argentina de recurrir a los mercados financieros internacionales a tasas razonables eran nulas. Para finales de 2015, se habían usado ya unos US$3.000 millones del acuerdo.

Vino entonces el cambio de gobierno y la decisión de Mauricio Macri de revisar el contrato de Gezhouba para construir la represa aún llamada Cepernic-Kirchner. Cambiemos congeló la obra acusando sospechas de corrupción y de impacto ambiental negativo. Sin embargo, hacia julio de 2016, desde Beijing le recordaron a Buenos Aires que parte del dinero para la obra ya había sido gastado (y no precisamente para avanzar con la represa), con lo que, de levantarse el proyecto, el dinero debía ser devuelto. Macri se reunió con Xi Jinping, se “renegociaron” por primera vez las condiciones del swap y la obra volvió a la vida con otro nombre. En adelante se llamaría Cóndor Cliff, la denominación original con la que se había proyectado en tiempos de gobiernos militares. Por la obra, el swap se renovó por unos US$11.000 millones con una vigencia de tres años más, con lo que las reservas en yuanes llegaron a unos US$8.000 millones.

Luego de la crisis de abril de 2018, que con el tiempo se extendería hasta el final de la gestión de Mauricio Macri en 2019, las obras volvieron a paralizarse y el dinero del swap destinado a la obra pasó a utilizarse para política cambiaria, fundiendo ese dinero con los dólares del Fondo Monetario Internacional (FMI). Pacientes, desde China nadie protestó.

Ya durante la gestión de Alberto Fernández, las obras quedaron pacientemente paralizadas, culpando a la pandemia hasta comienzos de 2022, cuando desde China comenzaron las presiones. La primera decisión fue volver a llamar al proyecto Kirchner-Cepernic. La segunda, imponerle un ritmo de ejecución de 1.000 millones de dólares mensuales. Algo se hizo en la ex Cóndor Cliff hasta mediados de 2023, cuando el dinero proveniente del swap volvió a utilizarse más para política cambiaria y combate a las corridas contra el dólar oficial que para acelerar la represa. Llegó Javier Milei y, con él, la paralización total de la obra pública, comenzando por el proyecto más “comunista” de todos. China, paciente, no hizo ningún reclamo oficial ni público.

En definitiva, una cultura paciente sabe esperar. Conociendo los vencimientos de junio, el gobierno de Xi Jinping dejó correr las declaraciones contra Beijing del libertario. Hasta que, tiempistas como nadie en el globo, llegó el momento de negociar. Finalmente, Mondino firmó el acuerdo, el dinero que había que pagar fue perdonado hasta 2026 y la obra se reactivó tenuemente 60 días después de haberse reglamentado la nueva Ley Bases II, siguiendo el nuevo articulado del proyecto que fue aprobado en el Senado, que indicaba que toda obra que cuente con financiamiento internacional debe ser inmediatamente reactivada. Es el caso de la Kirchner-Cepernic (hoy nuevamente Cóndor Cliff, su nombre original), cuyos dólares de ejecución siguieron llegando pacientes y leves desde Beijing.

El swap con China fue el primer acuerdo de este tipo que firmó Argentina. Luego vendría, en octubre de 2025, el que se cerró con EE.UU. En el primer caso, el aporte de capital lo hace el Banco Central de China, bajo la certeza de que los yuanes originales serán eventualmente utilizados. Mientras tanto, hasta que se ejecute el cambio, quedan como libre disponibilidad del depositante: el BCRA.

La negociación primaria con China la realizó en 2009 el entonces presidente del Banco Central, Martín Redrado, con la idea de siempre: reforzar, aunque sea de manera formal, las reservas de la entidad para mejorar los resguardos ante eventuales crisis internacionales, cuando las reservas alcanzaban el récord del 15 % del PBI. En total, el acuerdo cerrado fue por unos US$10.200 millones a tres años, con la opción de extender el plazo. Redrado lo negoció con su par chino, Zhou Xiaochuan, para acordar un intercambio de monedas que ambos países pudieran pedir uno del otro y que luego deberían ser repagados. Los permisos de operatoria para el BCRA eran amplios: se podían convertir los yuanes en dólares en los mercados internacionales o directamente utilizarlos para el intercambio bilateral o, en su defecto, mantenerlos como parte de las reservas nominadas en la moneda norteamericana.

Sin embargo, con el tiempo, el instrumento comenzó a desdibujarse. El segundo movimiento con China se activó en el tercer trimestre de 2014, durante la gestión de Axel Kicillof en Economía y de Juan Carlos Fábrega en el BCRA, por unos US$3.800 millones, transferidos en el último trimestre de ese año. La novedad de esa operación fue que se justificó bajo el comienzo de las obras para el levantamiento de la represa santacruceña Cepernic-Kirchner, que la constructora china Gezhouba había ganado en licitación en sociedad con la local cordobesa Electroingeniería. El acuerdo total fue por unos US$11.000 millones, en liquidaciones sucesivas dependientes del avance de las obras. Durante el primer semestre de 2015 se concretó un nuevo desembolso por unos US$3.700 millones, completando hasta ese momento un total de US$6.500 millones.

El dinero proveniente de China había llegado en un momento justo para apoyar los últimos tramos del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, cuando la falta de dólares y el ostracismo en los mercados internacionales ya eran preocupantes. Las reservas rondaban los US$30.000 millones y las posibilidades de la Argentina de recurrir a los mercados financieros internacionales a tasas razonables eran nulas. El acuerdo de renovación llegó en un momento ideal para poder sostener las reservas y hacer frente a eventuales corridas antes del final del gobierno kirchnerista. Para finales de 2014, unos US$3.000 millones del acuerdo ya se habían utilizado. De hecho, unos US$2.000 millones provenientes de este financiamiento se utilizaron para cancelar el pago final del Boden 2015.

Vino entonces el cambio de gobierno y la decisión de Mauricio Macri de revisar el contrato de Gezhouba para construir la represa aún llamada Cepernic-Kirchner. La primera y pública decisión del nuevo gobierno fue congelar la obra, bajo sospechas de corrupción y de impacto ambiental negativo. Sin embargo, hacia julio de 2016, desde Beijing le recordaron a Buenos Aires que parte del dinero para la obra ya había sido gastado (y no precisamente para avanzar con la represa), con lo que, de levantarse el proyecto, el dinero debía ser devuelto. Fue así que se renegociaron las condiciones del swap; la obra volvió a la vida y el mecanismo se reactivó. Se renovó por unos US$11.000 millones con una vigencia de tres años más, con lo que las reservas en yuanes llegaron a unos US$8.000 millones.