El 24 de agosto de 1940, aviones alemanes que buscaban objetivos militares terminaron arrojando explosivos sobre Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Winston Churchill respondió con ataques sobre Berlín. Hitler, furioso, cambió el rumbo de la ofensiva

La noche del 24 de agosto de 1940, Londres todavía no era el objetivo principal de la ofensiva aérea alemana
Londres ya conocía el sonido de las sirenas y había sufrido ataques, pero la estrategia de Adolf Hitler y de su fuerza aérea, la Luftwaffe, estaba concentrada fundamentalmente en otro objetivo: destruir a la Royal Air Force, sus aeródromos, sus estaciones de radar, sus centros de mando y su capacidad para impedir una invasión alemana de las islas británicas.
La noche del 24 de agosto de 1940, Londres todavía no era el objetivo principal de la ofensiva aérea alemana. Pero la situación era crítica. Desde hacía semanas, sus aviones golpeaban objetivos militares en el sur de Inglaterra. Los pilotos británicos combatían una y otra vez en los cielos del Canal de la Mancha y del sudeste inglés. Las pérdidas aumentaban y algunos aeródromos estaban seriamente dañados.
Entonces ocurrió algo que, visto desde la distancia, parece casi increíble. Un grupo de bombarderos alemanes se desvió de su ruta. Y algunas de sus bombas terminaron cayendo sobre Londres. No fue el comienzo deliberado del Blitz -bombardeos masivos de la Alemania nazi contra el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial-. Fue un error de navegación.
Pero aquel error desencadenaría una respuesta británica que llegaría hasta Berlín y, después, una reacción de Hitler que cambiaría el rumbo de la Batalla de Inglaterra. En cuestión de días, una equivocación cometida en la oscuridad iba a transformar el mapa de objetivos de una guerra aérea que podía decidir el destino de Gran Bretaña. Inglaterra estaba peleando por sobrevivir.

La campaña aérea que comenzó en julio de 1940 pasaría a la historia como la Batalla de Inglaterra
Para entender la importancia de aquella noche hay que retroceder unas semanas. En junio de 1940, Francia había caído ante el avance alemán. Gran Bretaña quedó prácticamente sola frente a la Alemania nazi en Europa occidental. La evacuación de Dunkerque, conocida como Operación Dinamo, permitió el rescate masivo de más de 330.000 soldados aliados atrapados por el ejército alemán en el norte de Francia al inicio de la Segunda Guerra Mundial, pero el peligro no había desaparecido. Hitler comenzó a considerar una invasión de las islas británicas.
La operación recibió el nombre de Seelöwe, o León Marino. Pero aparecía un problema. Alemania no podía intentar cruzar el Canal de la Mancha mientras la RAF conservara la capacidad de atacar las fuerzas invasoras. Por eso la Luftwaffe recibió una tarea fundamental: destruir a la aviación británica.
La campaña aérea que comenzó en julio de 1940 pasaría a la historia como la Batalla de Inglaterra. Los ataques alemanes se concentraron en aeródromos, fábricas de aviones, estaciones de radar, puertos y otros objetivos vinculados con la defensa británica. En Londres se sabía que el resultado de aquella batalla podía decidir mucho más que el destino de unos cuantos aeródromos.
Si la Royal Air Force era derrotada, la posibilidad de una invasión alemana se volvía mucho más concreta. Por eso los pilotos británicos combatían con una presión extraordinaria. Y cada avión perdido tenía importancia.

Cientos de bombarderos y una cantidad todavía mayor de cazas alemanes participaron en las operaciones
El “Día del Águila”
Existe una confusión frecuente con las fechas de esta historia. El “Día del Águila”, conocido en alemán como Adlertag, no fue el 24 de agosto de 1940, sino el 13. En esa fecha comenzó la gran ofensiva de la Luftwaffe contra la RAF, una fase de la Batalla de Inglaterra destinada a quebrar su capacidad de resistencia. La ofensiva había sido concebida como un golpe decisivo contra la fuerza aérea británica.
La magnitud del ataque fue enorme. Cientos de bombarderos y una cantidad todavía mayor de cazas alemanes participaron en las operaciones. Los británicos resistieron y los combates fueron feroces. El 18 de agosto, apenas cinco días después del Adlertag, se produjo lo que posteriormente sería considerado por estudios históricos como uno de los días más duros de toda la batalla. La Luftwaffe lanzó centenares de incursiones contra aeródromos y otros objetivos, mientras la RAF intentaba contenerlas. Los alemanes todavía no habían conseguido destruirla.
Y entonces llegó el 24 de agosto y el momento que Londres no debió haber vivido. Los bombarderos alemanes despegaron con sus objetivos definidos. La operación formaba parte de la campaña contra Gran Bretaña. Algunos aviones tenían como referencia objetivos ubicados en el área del estuario del Támesis y las instalaciones portuarias y petroleras próximas a Londres.
Pero durante la navegación nocturna algo salió mal. Los aviones perdieron precisión, la oscuridad complicaba la identificación, y las bombas comenzaron a caer donde no debían. Durante la noche aviones del escuadrón Kampfgeschwader 1 bombardearon Londres por error debido a un problema de navegación.
El resultado fue que algunas zonas habitadas de la capital británica recibieron bombas en casas, calles, y víctimas que no tenían relación alguna con los objetivos militares. La guerra, que hasta entonces había sido experimentada en gran medida a través de las noticias, los mapas y el ruido distante de los aviones, estaba entrando directamente en los hogares de Londres.

El resultado fue que algunas zonas habitadas de la capital británica recibieron bombas en casas, calles, y víctimas que no tenían relación alguna con los objetivos militares
Para el gobierno británico, aquello no podía quedar sin respuesta. Y Winston Churchill tomó una decisión. “Si ellos llegan a Londres, nosotros llegaremos a Berlín”. La respuesta no sería simplemente atacar otro aeródromo alemán, sino mucho más simbólico sobre la capital del Tercer Reich, la ciudad que Hitler había presentado como prácticamente intocable.
Así, la Royal Air Force preparó una incursión nocturna. Durante la noche del 25 al 26 de agosto, más de 80 bombarderos británicos participaron en el primer gran ataque británico contra Berlín en represalia por el bombardeo de Londres. Los daños materiales fueron relativamente pequeños. Pero la importancia política y psicológica del ataque resultó tremenda.
Por primera vez, la capital alemana comprobaba que tampoco estaba fuera del alcance de los bombarderos británicos, que no destruyeron Berlín. Pero consiguieron algo que, en ese momento, podía resultar todavía más importante: demostraron que la guerra también podía llegar hasta el corazón del Imperio. Entonces Hitler enfureció.
La noticia tuvo un efecto inmediato. El líder nazi había prometido que Berlín no sería bombardeada. El ataque británico representaba una humillación. Pero, además, él interpretó la incursión como una provocación que exigía una respuesta. Ahí apareció uno de los giros decisivos de la Batalla de Inglaterra. La Luftwaffe comenzó a cambiar su estrategia.
Hasta ese momento, los ataques habían estado concentrados fundamentalmente en determinados objetivos: aeródromos, radares, fábricas e instalaciones militares. La presión sobre las bases británicas era enorme. Sus pilotos estaban exhaustos y los aviones eran reparados una y otra vez. Los equipos de tierra trabajaban contrarreloj. La fuerza aérea de Alemania creía que estaba cerca de quebrar la resistencia británica. Pero la avanzada sobre Berlín y la reacción de Hitler comenzaron a alterar aquella estrategia.

La Luftwaffe empezó a prepararse para una campaña de bombardeos urbanos de enorme magnitud
El error que terminó favoreciendo a la RAF
La paradoja es uno de los elementos más extraordinarios de esta historia. Los alemanes estaban intentando destruir la Royal Air Force. Y, precisamente cuando más cerca parecían estar de lograrlo, cambiaron el foco. La presión sobre los aeródromos comenzó a reducirse y la atención se trasladó cada vez más hacia Londres y otras ciudades británicas.
La Luftwaffe empezó a prepararse para una campaña de bombardeos urbanos de enorme magnitud. El 7 de septiembre de 1940, Alemania lanzó una ofensiva masiva contra Londres. Cerca de 300 bombarderos alemanes atacaron los muelles y otras zonas. Los bombardeos continuarían durante meses y afectarían también a otras ciudades. Para los civiles, comenzaba una pesadilla. Para la RAF, en cambio, el cambio de estrategia alemán significaba algo inesperado. Había ganado tiempo.
A partir de septiembre, Londres pasó a ser un objetivo central. Durante el día y especialmente la noche, sus habitantes aprendieron a reconocer las sirenas. Las estaciones del subterráneo se convirtieron en refugios y los edificios fueron destruidos. Las ambulancias recorrieron calles cubiertas de escombros. La población civil quedó atrapada en una guerra aérea que ya no se limitaba a instalaciones militares.
La campaña se extendió durante meses. El Blitz no fue solamente una serie de bombardeos. Fue una experiencia colectiva que transformó la vida cotidiana de millones de británicos. Pero desde el punto de vista militar había ocurrido algo fundamental. La Luftwaffe dejó de concentrar toda su fuerza sobre el sistema de defensa aérea británico.
Berlín también conoció el miedo
En Alemania, el impacto psicológico de las primeras incursiones británicas fue considerable. La población de Berlín había vivido la guerra con una sensación de distancia respecto del frente occidental. Pero ahora las sirenas podían sonar también allí. Los habitantes podían mirar al cielo y escuchar los motores. El mito de una capital protegida había sido perforado. Los daños iniciales fueron relativamente modestos, pero la importancia propagandística era enorme. La RAF había conseguido demostrar que podía alcanzar el centro del Reich. El enfrentamiento, por supuesto, estaba lejos de terminar. Pero Alemania había perdido la posibilidad de conseguir rápidamente la superioridad aérea necesaria para invadir Gran Bretaña.
La Royal Air Force dejó de ser el único objetivo. Y mientras las bombas caían sobre Londres, los pilotos británicos recuperaban tiempo para reparar sus aviones, reorganizar sus escuadrones y continuar la batalla.
