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Luego de ser entrenada como radioperadora por el Servicio de Operaciones Británico, Noor Inayat Khan llegó a la Francia ocupada el 16 de junio de 1943. Todos los miembros de su grupo fueron capturados, pero ella continuó transmitiendo sola durante cuatro meses información clave. Las hipótesis sobre su detención, su resistencia a la tortura y el homenaje que los franceses le rinden todos los años

   Noor Inayat Khan

Cuando se menciona a las mujeres espías que hicieron historia durante la Segunda Guerra Mundial, el nombre de Noor Inayat Khan suele quedar en un discreto segundo plano. No es tan famosa como la maestra del espionaje británico Vera Atkins, ni como su compañera de andanzas Virginia Hall, la “espía coja” que más dolores de cabeza le causó a Klaus Barbie, el carnicero de Lyon, con sus acciones detrás de las líneas enemigas. Tampoco brilla como Audrey Hepburn o Josephine Baker, que aprovecharon sus privilegios como figuras del mundo del espectáculo para obtener información enemiga para los Aliados. Sin embargo, en Francia se la considera una heroína de guerra, a tal punto que todos los 14 de julio, en el aniversario de la Revolución Francesa, una banda militar se forma frente a las puertas de la casa donde vivió en las afueras de París y le rinde homenaje tocando La Marsellesa.

Es un caso excepcional, porque Noor Inayat Khan no nació en Francia ni en alguna de sus colonias, sino que tenía nacionalidad india y había nacido en Moscú. Tampoco fue parte del espionaje francés, sirvió bajo órdenes del Servicio de Operaciones Especiales (SOE) inglés que la envió detrás de las líneas enemigas durante la ocupación alemana de Francia, donde informó con el nombre en clave de Nora Baker hasta que una traición la puso en las garras de la Gestapo y fue fusilada en el campo de concentración de Dachau después de que los nazis trataran infructuosamente de arrancarle una sola palabra sobre sus camaradas.

Fue, además, una espía impensada porque las tenía todas en contra para ser una agente de campo en medio de una guerra: odiaba la violencia, era frágil, no tenía resistencia física, manejaba muy mal los revólveres y las pistolas y no sabía usar armas largas. Sin embargo, su trabajo fue clave para hacer llegar información a Londres sobre los movimientos de las tropas alemanas en Francia.

Con sus tres hermanos y sus padres, Noor Inayat Khan abandonó la casa de las afueras de París y cruzó el Canal de la Mancha para resguardarse en Londres. "Llegaron a Reino Unido como refugiados. Poco después, Noor tomó la decisión de ayudar al país que la había adoptado. Y luchar contra el fascismo", relata su biógrafa Shrabani Basu

De linaje principesco

Noor Inayat Khan nació el 1 de enero de 1914 en la por entonces muy convulsionada capital de Rusia. Fue la primera hija de Inayat Khan y Pirani Ameena Begum. Descendía, por la línea paterna, de la realeza musulmana india: su familia estaba estrechamente relacionada con Tipu Sultan, el famoso gobernante del Reino de Mysore. El padre de Noor, sin embargo, no estaba interesado en su país natal. Quería recorrer el mundo practicando sus dos pasiones: la música —era muy buen instrumentista— y las enseñanzas del sufismo, el misticismo islámico del cual era maestro. En Rusia, Inayat Khan llegó a asistir a la corte del zar Nicolás, gracias a sus relaciones con su consejero más famoso, el monje Rasputín.

Sin embargo, los días de la familia en Moscú terminaron pronto. Las crecientes revueltas obreras y campesinas en Rusia inquietaban al maestro sufí, pacifista a ultranza, y el estallido de la Primera Guerra Mundial fue la gota que colmó el vaso. Entonces Inayat Khan y los suyos se trasladaron a Londres donde vivieron seis años en Bloomsbury, hasta que en 1920 volvieron a mudarse a las afueras de París, donde el matrimonio, que ya tenía tres hijos más, se instaló en una casa llamada Fazal Manzil, en Suresnes.

Esos cambios fueron claves en la formación de la niña Noor, que ya manejaba con fluidez el ruso y el inglés, y comenzó a aprender francés en la escuela. Se formaba, también, bajo las estrictas reglas de su padre, que le inculcó su pacifismo, sus enseñanzas morales y su amor por la música. Así creció en un ambiente donde la lectura y el arte eran prácticas cotidianas. “Noor adoraba la música. Era compositora, tocaba el arpa y la vina (una especie de guitarra característica de India). También escribía historias infantiles”, cuenta Shrabani Basu, autora de la biografía La princesa espía: la vida de Noor Inayat Khan.

Los apacibles días de esa familia dedicada al arte y la religión acabaron de manera abrupta cuando el Ejército alemán invadió Francia en 1940. Noor tenía 26 años, ya era una eximia intérprete musical y llevaba escritos varios libros para niños, pero la guerra le cambiaría la vida. Con sus tres hermanos y sus padres abandonó la casa de las afueras de París y cruzó el Canal de la Mancha para resguardarse en Londres. “Llegaron a Reino Unido como refugiados. Poco después, Noor tomó la decisión de ayudar al país que la había adoptado. Y luchar contra el fascismo”, relata la biógrafa Basu. Ni ella ni su hermano Vulayat encontraron contradicción entre el pacifismo en el que habían sido educados por su padre y la necesidad de combatir a los nazis. El joven se incorporó al Ejército británico y Noor se unió a la Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres, donde recibió entrenamiento como operadora de radio. Ese aprendizaje definió su futuro.

La maestra de espías Vera Atkins vio virtudes en la princesa india que hablaba francés a la perfección y lucía inofensiva, además de ser una excelente operadora de radio, y decidió entrenarla personalmente

La intuición de Vera Atkins

La princesa india llevaba casi un año en trabajos de oficina y comunicaciones cuando uno de sus jefes reparó en su fluido manejo de varios idiomas, en especial el francés, y le ofreció sumarse al Servicio de Operaciones Especiales. Noor aceptó, pero pronto descubrió que no bastaba con cambiar de sección: debía someterse a un entrenamiento durísimo, que incluía mucha actividad física y someterse a simulacros de interrogatorios donde no faltaba la violencia. Le sobraba voluntad para hacerlo, pero su cuerpo frágil no resistía tanta exigencia. Además, se quebraba en los maltratos y era muy mala para mentir.

Estaban por devolverla al lugar de donde había venido para que siguiera atendiendo las comunicaciones cuando la descubrió la maestra de mujeres espías británicas. La mujer se presentaba como Vera Atkins, pero su verdadero nombre era Vera May Rosenberg, nacida en Rumania en 1908, hija de la ciudadana británica Hilda Atkins y del ciudadano alemán —de origen judío— Max Rosenberg.

Atkins había estudiado francés en la Sorbona hasta que la invasión alemana a Francia la llevó también a ella a Londres. Por contactos familiares pudo ingresar, pese a ser extranjera, a la Sección F, o Sección Francesa, del Servicio de Operaciones Especiales (SOE), una organización secreta creada por Winston Churchill. En los papeles, allí Atkins era la secretaria del coronel Maurice Buckmaster, quien rápidamente descubrió sus aptitudes como organizadora y —pese a que por su condición de extranjera siguió con el cargo de secretaria— la hizo su asistente personal, la capacitó él mismo en el trabajo de inteligencia y le dio la tarea de reclutar mujeres para que cumplieran misiones detrás de las líneas enemigas como operadoras de radio y mensajeras.

Cuando reparó en Noor, Atkins ya estaba entrenando a otra mujer por la que nadie había apostado como espía, Virginia Hall, a quien se conocería después como la “espía coja”. Hall hablaba alemán, italiano y francés muy correctamente, pero, y sobre todo, su inglés norteamericano —cuando los Estados Unidos aún no habían entrado en la guerra— le permitía encarnar a la perfección el personaje de cobertura que buscaba: la de corresponsal de un diario estadounidense en la Francia ocupada. Su cojera, además, en lugar de jugarle en contra, reforzaba su cobertura mostrándola como “inofensiva”.

La maestra de espías creyó ver virtudes parecidas en la princesa india. Noor hablaba francés a la perfección y su aspecto inofensivo podía servirle como cobertura. Además, era una excelente operadora de radio. Decidió entrenarla personalmente y ponerla en el mismo equipo que a Hall.

    Virginia Hall, de la Rama de Operaciones Especiales, recibe la Cruz por Servicio Distinguido de manos del General Donovan (Wikipedia/CIA Official Website)

Detrás de las líneas enemigas

En el SOE todos eran conscientes de que operar una radio detrás de las líneas enemigas era casi sinónimo de suicido. No sólo tenían que transmitir con rapidez sino cambiar inmediatamente de ubicación para no ser capturados, porque los alemanes tenían un sofisticado sistema de camiones móviles con detectores. Por otro lado, trasladar los aparatos no era fácil, porque distaban de ser pequeños. Para cuando a Noor Inayat Khan le asignaron la misión se calculaba que un operador de radio podía permanecer, en promedio, unos dos meses sin ser detenido, pero era un promedio, se podía caer a la primera transmisión.

Noor llegó a Francia con un grupo de agentes el 16 de junio de 1943. Allí los esperaba Henri Dericourt, un agente francés del SOE, que la puso a trabajar a las órdenes de un comando dirigido por Emile Garry en París. Lo que nadie sabía entonces era que el grupo de Garry había sido infiltrado por los alemanes, que en pocas semanas lo desbarataron. Para principios de julio, todos los agentes habían caído en manos de la Gestapo. Todos menos Noor, que logró escapar y poner a salvo su equipo. Quizás por ser la más nueva, no la tenían detectada.

Su situación, sin embargo, quedó muy comprometida. Tanto que desde Londres le ofrecieron sacarla del terreno de operaciones, pero la joven india decidió quedarse y completar la misión. Durante los siguientes cuatro meses, Noor demostró que las esperanzas que Vera Atkins había puesto en ella estaban más que fundadas. Siguió transmitiendo casi todos los días, luego de lo cual cambiaba de ubicación llevando su transmisor en una bicicleta. Una vez por semana se teñía el pelo de un color diferente para cambiar su aspecto.

Los alemanes no lograban dar con ella. En la práctica, hizo en soledad el mismo trabajo que hacía el equipo completo. Con el nombre en código de “Madeleine”, se convirtió en el único enlace entre su unidad en la Resistencia Francesa y la base de operaciones en Gran Bretaña. Siguió así hasta octubre de 1943, cuando finalmente alguien la delató y fue capturada por la Gestapo.

Existen varias versiones sobre quién la entregó, pero al SOE no le quedaron dudas de que fue uno de los contactos locales que le brindaban apoyo. La biógrafa de Noor se inclina por una hipótesis de despecho: “La hermana de uno de sus contactos la vendió a los alemanes. Estaba celosa porque Noor era hermosa y todos estaban enamorados de ella”, sostuvo Shrabani Basu en una entrevista de hace algunos años con la BBC. También relató que, a pesar de la poca fortaleza física de Noor, les costó reducirla cuando entraron en el departamento donde estaba escondida. “Peleó, se necesitaron seis hombres corpulentos para someterla”, dijo.

Todos los 14 de julio, en el aniversario de la Revolución Francesa, una banda militar se forma frente a las puertas de la casa de Noor Inayat Khan a las afueras de París y toca La Marsellesa en homenaje a la mujer que consideran heroína de guerra

Un final heroico

Apenas fue detenida, la llevaron a la sede central de la Gestapo en París, en la Avenida Foch, donde al principio intentaron convencerla de que cooperara. Como se negó, la torturaron durante días sin poder sacarle información. La retuvieron en las mazmorras más de un mes, durante el cual intentó escapar dos veces. Quisieron obligarla a firmar un documento mediante el cual se comprometía a no volver a intentar la fuga pero, así como se había negado a hablar, se negó a firmarlo.

Cuando los alemanes se convencieron de que no delataría a nadie, en noviembre la trasladaron a la cárcel de Karlsruhe y más tarde la recluyeron en Pforsheim, donde la confinaron en una celda especial destinada a los presos considerados especialmente peligrosos. La frágil princesita india les había ganado su última batalla. El 12 de septiembre de 1944, fue enviada a Dachau y fusilada al día siguiente. Sus restos fueron incinerados en el crematorio. Tenía 29 años.

Finalizada la guerra, Noor Inayat Khan fue condecorada post mortem con la Cruz de Guerra, por Francia, y con la Cruz de San Jorge por el Reino Unido. Es la única mujer que recibió esas dos distinciones. El reconocimiento de entrega continúa todavía hoy, cuando todos los 14 de julio una banda militar se forma frente a la casa de su infancia, en las afueras de París, y toca La Marsellesa.

La historia del trabajo conjunto que realizaron Vera Atkins, Virginial Hall y Noor Inayat Khan durante la Segunda Guerra Mundial dio lugar al largometraje de 2019 A Call to Spy, donde la actriz india Radhika Apte interpreta a Noor. Hay también dos películas dedicadas exclusivamente a las acciones de la princesa india detrás de las líneas enemigas: el docudrama televisivo Enemy of the Reich: The Noor Inayat Khan Story y el cortometraje Liberté.