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Con el General cursando su tercera presidencia, “la crisis política estaba instalada”, señala el autor. Así eran los años 70: violencia de las organizaciones armadas, grupos parapoliciales, economía deteriorada y un peronismo dividido. “Su fallecimiento eliminó a la única figura cuya autoridad parecía capaz de contener esos conflictos”, agrega.

    Previa del horror. Isabel Martínez de Perón y José López Rega sucedieron a Perón en 1974.

Cuando Eva Perón falleció el 26 de julio de 1952 en una Argentina profundamente dividida, se originaron reacciones contrapuestas. Una gran mayoría recibió con gran tristeza su muerte, hecho que se vio reflejado en las largas filas que durante aquellos días invernales formaban quienes deseaban verla para darle un último adiós. Por otra parte, sectores fuertemente antiperonistas celebraron ese hecho con festejos clandestinos y con los recordados grafitis de la leyenda “viva el cáncer”.

Por el contrario, cuando el general Perón falleció el 1 de julio de 1974, si bien subsistía la división entre peronistas y antiperonistas, hubo manifestaciones de tristeza, pero no abundaron las que celebrasen el hecho, ya que la muerte del viejo líder abría una gran incógnita sobre lo que sucedería de allí en adelante. En esta nota no nos adentramos en detalles anecdóticos referentes a su muerte, sino que abordamos su significado histórico, ubicándola dentro de los vertiginosos hechos que se sucedían en la Argentina de la primera parte de los años 70.

Comenzamos por reconstruir los acontecimientos previos a su fallecimiento. Luego de un primer viaje de Perón al país en noviembre de 1972, se realizaron las elecciones presidenciales en marzo de 1973, en las cuales resultó triunfador el binomio Cámpora - Solano Lima, candidatos del FREJULI (Frente Justicialista de Liberación). De este modo, tras 18 años, el peronismo volvía al poder, asumiendo Cámpora la presidencia el 25 de mayo de ese año.

Ocupando entonces un peronista la primera magistratura, se programó el regreso definitivo al país del general Perón para el 20 de junio. Sin embargo, lo que estaba pensado como una fiesta popular se terminó convirtiendo en un suceso conocido como “la masacre de Ezeiza”. El lugar donde se había emplazado el palco en la autopista Ricchieri, sitio desde el cual Perón se dirigiría a sus simpatizantes, fue el escenario de un violento enfrentamiento armado entre facciones de la derecha y la izquierda del peronismo, del cual resultaron numerosos muertos y un número indeterminado de heridos.

A partir de ese momento, Perón acentuó su distanciamiento de la corriente de izquierda del movimiento. Si en la época del hostigamiento al gobierno militar surgido del golpe de Estado de junio de 1966 había alabado a las “formaciones especiales” (o sea, los grupos guerrilleros), una vez que los militares abandonaron el poder no les encontraba mayor utilidad. Fue así como el viejo líder decidió que era momento de que él personalmente asumiese la presidencia, que no bastaba con aquella idea de “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

Accediendo a los deseos de Perón, el 13 de julio de 1973, Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima presentaron las renuncias a sus cargos de presidente y vicepresidente de la Nación, quedando provisionalmente la primera magistratura en manos de Raúl Lastiri, quien presidía la Cámara de Diputados. Se celebraron nuevas elecciones en septiembre de ese año, en las cuales se impuso la fórmula encabezada por Perón con más del 60 % de los votos. De este modo, él accedió a su tercer período presidencial, ocupando el cargo el 12 de octubre.

Como puede observarse de lo relatado hasta aquí, entre las primeras elecciones del año 1973 y la asunción de la presidencia por Perón solo habían pasado siete meses, lo cual da una idea del ritmo impetuoso de los acontecimientos políticos de la época.

El hecho de que el propio Perón asumiera la primera magistratura fue recibido con esperanza por amplios sectores de la sociedad, que iban más allá de los peronistas. Para muchos argentinos, su retorno al poder significaba el cierre de una larga etapa de inestabilidad abierta por el golpe de Estado de 1955. Fueran o no peronistas, Perón aparecía así para gran parte de la población como el único dirigente capaz de reconciliar a una sociedad dividida y de ordenar un escenario político cada vez más complejo.

Una vez en la presidencia, Perón fue tomando más distancia de los sectores de la izquierda peronista, mientras fortalecía su alianza con el sindicalismo y los dirigentes del ala más conservadora del movimiento. Además, hacia finales de ese año irrumpió la organización parapolicial Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), fomentada por el ministro López Rega, que se dedicó a atacar a militantes de la izquierda peronista y a otros activistas.

Unos pocos meses después, el 1° de mayo de 1974, durante el acto por el Día del Trabajador en la Plaza de Mayo, se produjo un hecho muy significativo.

Desde el balcón de la Casa Rosada, Perón cuestionó duramente a los sectores juveniles del movimiento, a los que calificó de "imberbes" y "estúpidos" por desafiar a la conducción histórica del peronismo ya la vez multitudinarias columnas juveniles y de Montoneros abandonaron la plaza en medio del acto. Esto mostró claramente la ruptura pública entre Perón y sectores de la izquierda peronista.

Dentro del contexto narrado, el 1 de julio de 1974 se produce la muerte de Perón. Cuando él muere, la crisis política estaba instalada, ya que el país convivía con la violencia de las organizaciones armadas, la acción de grupos parapoliciales, una economía en deterioro y un movimiento peronista profundamente dividido. Su fallecimiento no originó la crisis, pero eliminó a la única figura cuya autoridad parecía capaz de contener esos conflictos.

La muerte de Perón abrió así una nueva etapa caracterizada por el debilitamiento progresivo del gobierno constitucional y la aceleración de la violencia política. María Estela Martínez de Perón, asumió la presidencia, pero obviamente sin la autoridad política de su esposo. Su gestión debió enfrentar presiones de los sindicatos, de las Fuerzas Armadas, de la guerrilla y de diversos sectores del peronismo.

Distintos hechos se fueron sucediendo entonces aceleradamente. Aumentó la influencia de José López Rega, ministro de Bienestar Social; se amplió el poder de la Triple A, que multiplicó los atentados y asesinatos; incrementaron su accionar las organizaciones guerrilleras, pasando Montoneros a la clandestinidad; el gobierno implementó medidas represivas cada vez más severas y otorgó mayores atribuciones a las Fuerzas Armadas; el deterioro económico alcanzó un punto crítico en junio de 1975, con el llamado “Rodrigazo” (nombre popular del programa de ajuste impulsado por el ministro Celestino Rodrigo); presionado por distintos sectores, a fines de julio de 1975 José López Rega renunció a su cargo y abandonó el país, debilitando ello aún más al gobierno. Finalmente, este proceso desembocó en el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, nacimiento de la trágica dictadura militar.

La muerte de Perón no fue simplemente el fallecimiento de un presidente, fue el derrumbe de una expectativa política. Durante meses, incluso mientras la situación empeoraba, gran parte de la dirigencia argentina había seguido apostando a que el viejo líder encontraría alguna salida, pero cuando murió esa posibilidad dejó de existir.

El significado histórico del 1º de julio de 1974 no es el del inicio de la tragedia argentina de los años setenta, sino el momento en que terminó la ilusión de que todavía podía evitarse mediante el liderazgo del hombre que había dominado la política nacional durante casi treinta años. No sabemos qué hubiese pasado si él hubiese podido gobernar unos años más, pero lo que sí sabemos es que su muerte puso fin a una ilusión.

 Doctor en Ciencias Sociales (UBA)

La muerte de Perón en la narrativa argentina


Tanto Rodolfo Fogwill (“La cola”) como David Viñas (“La señora muerta”) escribieron cuentos que tuvieron como contexto aborda los funerales de un líder político: Juan Domingo Perón, en el primer caso y Eva Duarte, en el segundo. Similitudes que son más que coincidencias

Hay fechas que son especiales porque recuerdan algún hecho significativo de nuestra historia, que es precisamente lo que pasa con este 1 de julio, ya que nos trae a la memoria ese día del año 1974 en que fallecía el ex presidente Juan Domingo Perón a los 78 años.

Su cuerpo fue trasladado al Congreso de la Nación, donde permaneció durante dos jornadas para que la población pudiera darle un último adiós. Una multitud intentó despedirse del fallecido líder, aunque las horas en que permaneció en el Palacio Legislativo fueron insuficientes para que todas las personas que querían hacerlo pudieran lograrlo.

Como en tantas otras oportunidades la literatura argentina no ha ignorado el hecho y, en el cuento La cola (1975), título que alude precisamente a la cola para ver los restos de Perón, Rodolfo Fogwill brinda una particular perspectiva del mencionado suceso. Puesto que nos interesa la manera en que la narrativa ha dado cuenta de hechos relevantes de nuestra historia política ocurridos desde mediados del siglo pasado, dedicamos esta columna a dicho relato.

En cuanto a aspectos históricos relacionados con los hechos que aborda esta narración, recordemos que Perón había permanecido muchos años en el exterior después de ser derrocado su gobierno en 1955. Había vuelto temporalmente al país en noviembre de 1972, estando aquí cerca de un mes durante el cual llevó a cabo distintas iniciativas políticas.

Su regreso definitivo sería unos meses más tarde, el 20 de junio de 1973, día en que las luchas internas entre sectores de la derecha y la izquierda peronista provocaron un trágico enfrentamiento armado, conocido usualmente como “la masacre de Ezeiza”. Entre ese día y el 1 de julio de 1974, es decir, entre su vuelta a la Argentina y su fallecimiento, se produjeron importantes cambios políticos.

En efecto, Héctor J. Cámpora renunció a la presidencia del país en julio de 1973 y se celebraron nuevas elecciones en septiembre de ese año en las cuales triunfó Perón, convirtiéndose así nuevamente en presidente, cargo que mantendría hasta el momento en que lo halló la muerte al año siguiente.

Con referencia a los funerales de Perón en particular, hay que recordar que sus restos primeramente se instalaron en la capilla de la quinta presidencial de Olivos, siendo trasladados el día 2 de julio a la Catedral Metropolitana donde se realizó una misa. Luego, el féretro fue conducido hasta el Congreso Nacional, lugar en el cual permaneció hasta el jueves a la mañana para que pudieran despedirse de él los numerosísimos simpatizantes que deseaban hacerlo.

Según los distintos cálculos, se considera que llegaron a desfilar ante el féretro entre 135.000 y 200.000 personas, pero se estima que fue aún muy superior el número de quienes no pudieron hacerlo.

En cuanto al relato de Fogwill, en primer lugar, debe tenerse en cuenta la relación intertextual que mantiene con otra obra, el cuento de David Viñas La señora muerta (1963), título que alude al fallecimiento de Eva Perón. En ese relato, el autor narra unos hechos ocurridos en julio de 1952, en los días en que se realizó el velatorio de Eva, durante los cuales miles de personas hicieron largas filas para despedirse de ella. En ese cuento, Moure, su protagonista, es un hombre que se siente ajeno al dolor de la multitud y solo está allí con el fin de encontrar una mujer para mantener relaciones sexuales.

Como puede observarse, es notoria la similitud del marco histórico en los dos cuentos, ya que ambos transcurren durante los funerales de los dos principales líderes del peronismo. Además, dicha relación está de alguna manera explicitada por Fogwill, ya que en un fragmento de su cuento el protagonista narra: “Trato de comparar esta cola con mi vago recuerdo de la de Eva Perón. Yo entonces tenía diez años y no estuve presente, pero la vi filmada. Las imágenes de aquellos films se confunden en mi memoria con las de un cuento que publicó Viñas en tiempos de Aramburu”.

Lo vínculos entre uno y otro texto no acaban allí, ya que también en el cuento de Fogwill su protagonista va a tratar de estar en la mencionada “cola”, pero ello no significa que tuviese simpatía por el líder fallecido.

Si casualmente vestíamos el uniforme de la escuela privada nos gritaban ‘contreras’ y alguna vez nos obligaron a gritar con ellos ‘Viva Perón’ ”

Él es asesor de prensa de un banco y marcha hacia el lugar vestido en forma informal, munido de un carnet de periodista comprado un año atrás y de una cámara fotográfica con flash, intentando obtener imágenes de lo que suceda en esa interminable fila. Asimismo, otro punto de vinculación entre ambos cuentos es que, aunque no en la mencionada “cola”, también en este caso el protagonista estudia con cuáles de las mujeres con que participa en una reunión podrá más tarde mantener relaciones sexuales.

Los pensamientos del narrador no están en la muerte del líder peronista, sino en otros variados asuntos alejados del dolor que acompaña a la multitud que realiza la inacabable fila. De una manera insensible y hasta cínica (rasgo habitual en muchas narraciones de Fogwill), el protagonista por ejemplo elucubra sobre las ganancias que tendrían los periódicos ante la muerte de Perón: “Quise estimar la proporción de papel impreso por publicidad en el día comparándola con la de las ediciones habituales de los mismos diarios. Las empresas editoras han hecho su negocio: hoy tendrán más tiraje, distribución más económica y mayor venta de publicidad”.

Por otro lado, los cálculos que realiza el protagonista no se limitan a los diarios, sino que se extienden también a otros aspectos como las numerosas personas que hacen la “cola” y las escasas posibilidades que tendrían muchas de ellas de acercarse al fallecido líder: “Si mis cálculos son correctos, la gente que hoy, miércoles a las diecinueve, está en la cola que no avanza, jamás verá el cuerpo velado en el Congreso. Anoche la cola se incrementaba a razón de doscientas personas por minuto mientras en el Congreso circulaba a menos de cincuenta personas por minuto”.

En otra de las cuestiones en que se detiene el protagonista es en lo alejado que está alguien como él del tipo de gente que realiza la fila y se alegra de ir vestido de la forma en que eligió y no de otra más formal: “La cámara y la campera: su conjunción me protege. No caminaría con la misma soltura vestido con un traje y con un portafolios de cuero bajo el brazo. Fue buena idea traer la cámara, nadie dudará de mi identidad. Algo de mí transmite que nada tengo que ver con esta gente, pero quien lo detecte lo imputará a mi estatus de periodista y me permitirá seguir”.

Después de la revolución todo cambió. Perdimos el miedo físico a los negros y creo que ahora ellos parecen temernos a nosotros”

Asimismo, esa distancia con los peronistas lo lleva a recordar que alrededor de 1950, cuando él era un estudiante, evitaba pasar cerca de las unidades básicas peronistas, pues allí estaban los “negros”: “Los ‘negros’ eran textiles, cerveceros, sindicalistas o suboficiales de policía que nos sorprendían fumando y rompían nuestros cigarrillos. Si casualmente vestíamos el uniforme de la escuela privada nos gritaban ‘contreras’ y alguna vez nos obligaron a gritar con ellos ‘Viva Perón’ ”.

Además, con referencia a la relación entre diferentes sectores sociales, el protagonista recuerda un episodio ocurrido en 1953, cuando dos “negros” se habían infiltrado en el Club Náutico. Al darse cuenta de esto, se había corrido la voz de esa presencia entre los habitués del lugar, quienes encontraron a los ajenos al lugar y los acorralaron. En esa situación, mientras algunos querían golpearlos, otros solo deseaban entregarlos pacíficamente a la Prefectura.

Este recuerdo le motiva al protagonista una escéptica y mordaz reflexión sobre las transformaciones sufridas entre los años cincuenta y los setenta: “Ahora recuerdo a quienes insistieron en golpearlos y quienes tratamos de entregarlos a la prefectura sin mayor violencia. Entre los primeros había algunos que son ahora peronistas: abogados de sindicatos, médicos peronistas, montoneros, miembros del CDO. ¿Recordarán aquella escena de 1953? Después de la revolución todo cambió. Perdimos el miedo físico a los negros y creo que ahora ellos parecen temernos a nosotros”.

La narrativa argentina ha dado cuenta de nuestra historia política asumiendo las más variadas formas. En el caso de La cola, retomando en cierta medida un camino iniciado anteriormente por David Viñas, Fogwill, aborda los funerales de Perón desde el punto de vista de un personaje que concurre a ellos, pero que lo hace desde la perspectiva de alguien ajeno al sentir de esa doliente multitud.


*Licenciado en Letras (UBA), doctor en Ciencias Sociales (UBA)