Se conocieron un 17 de enero de 1814 en el norte, aunque desde el año anterior intercambiaban correspondencia. Uno le pedía consejos, el otro valoraba la labor encarada contra viento y marea. Entre ellos surgió un fuerte lazo de respeto y fraternidad

   Manuel Belgrano estaba al mando del Ejército del Norte, donde había logrado importantes victorias pero también serios contrastes

Uno era militar por vocación; el otro, fue por necesidad. El primero venía con un aceitado know how de cómo hacer la guerra y el otro siempre estuvo ávido de consejos militares. Ese soldado profesional ya había mostrado en San Lorenzo lo que podía hacer y el otro, si bien había logrado victorias importantes, ahora no le iba para nada bien.

En enero de 1814 José de San Martín, a semanas de cumplir los 36 años, iba hacia el norte, a hacerse cargo del castigado ejército que comandaba Manuel Belgrano, un abogado devenido en general de 43 años.

No se conocían personalmente, pero se admiraban. No se sabe quién dio el primer paso, porque no se hallaron todas las cartas, pero antes de estrecharse en un abrazo, ambos ya habían intercambiado correspondencia.

       José de San Martín en la época en que era gobernador de Cuyo. Había llegado al país en marzo de 1812 y, como integrante de la Logia Lautaro,           vino con su propia agenda independentista

San Martín, cuando pisó el muelle de Buenos Aires el 9 de marzo de 1812 era un perfecto desconocido para la elite local, a quien le llamaba la atención su fuerte acento español y hasta el sable corvo que colgaba de su cintura, comprado de segunda mano en Londres.

Organizó el Regimiento de Granaderos a Caballo, y respetando los planes acordados en el seno de la Logia Lautaro, el 8 de octubre de 1812 participó del movimiento que determinó el fin del Primer Triunvirato y su reemplazo por el Segundo, afín a las ideas de la independencia, y luego vendría el bautismo de fuego.

En el interín, Belgrano había tenido resonantes triunfos en Tucumán el 24 de septiembre de ese año y en Salta el 20 de febrero de 1813. Sin embargo, las derrotas que sufrió en Vilcapugio y Ayohuma decidieron al Gobierno y a la Logia Lautaro: el Ejército del Norte debía cambiar de timón.

Ayohuma fue un encarnizado combate que duró siete horas. El Segundo Triunvirato ordenó a San Martín a hacerse cargo del Ejército del Norte
Belgrano comenzó a escribirle a San Martín el 27 de septiembre de 1813 y seguiría haciéndolo hasta el mismo mes pero de 1817. A través del papel aprendieron a conocerse y a respetarse mutuamente.

El 25 de septiembre de 1813, desde Lagunillas, Alto Perú, se sinceró: “¡Ay! Amigo mío. ¿Y qué concepto se ha formado usted de mí? Por casualidad, o mejor diré porque Dios ha querido, me hallo de general sin saber en qué esfera estoy. No ha sido esta mi carrera y ahora tengo que estudiar para medio desempeñarme y cada día veo más y más las dificultades de cumplir con esta terrible obligación”. Más adelante agregaba: “Crea que jamás me quitará el tiempo y que me complaceré con su correspondencia, si gusta honrarme con ella y darme algunos de sus conocimientos para que pueda ser útil a la patria”.

El 8 de diciembre le escribió a San Martín que “he sido completamente batido en las pampas de Ayohuma cuando más creía conseguir la victoria. Pero tengo constancia y fortaleza para sobrellevar los contratiempos y nada me intimidará para seguir sirviendo, aunque sea como soldado raso, por la libertad e independencia de la patria”.

Carta de San Martín al Gobierno pidiendo que Belgrano permaneciese en el Ejército (Archivo General de la Nación)


Remarcó que, “si fuéramos razonables, usted debió haber estado conmigo antes de la batalla de Salta (…) Yo pedí que usted viniera desde Tucumán pero no quisieron enviármelo. Algún día lamentarán esa negativa. En ciertas situaciones el miedo solo sirve para perderlo todo”.

Cuando el Gobierno le insistió en que se hiciese cargo del Ejército del Norte, San Martín expuso sus reparos. Belgrano era una figura de prestigio, a quien tenía en alta consideración. Pero las presiones, especialmente desde la Logia Lautaro, pudieron más. Le adelantaron que le serían reconocidos al creador de la bandera sus servicios pero que ahora era su turno de asumir la jefatura de un ejército golpeado y desmoralizado.

“Yo me hallo con una porción de gente nueva a quien se está instruyendo lo mejor posible; pero todos cual Adán. Deseo mucho hablar con usted de silla a silla para que tomemos las medidas más acertadas y formando nuestros planes los sigamos, sean cuales fueren los obstáculos que se nos presenten, pues sin tratar con usted a nada me decido”, le confesó Belgrano desde Jujuy el 2 de enero de 1814.

 

Cuadro que recrea el encuentro entre San Martín y Belgrano

El 12 de enero San Martín estaba en Tucumán y, a pesar de sus problemas de salud que sufrió durante la travesía, no se quedó a descansar y, como le había indicado Belgrano, continuó hacia Cobo junto a sus granaderos a fin de proteger su retirada, ya que el enemigo le pisaba los talones desde comienzos de enero.

“Mi corazón toma un nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca, porque estoy firmemente persuadido de que con usted se salvará la patria y podrá el ejército tomar un diferente aspecto. Soy solo, esto es hablar con claridad y confianza. No tengo, ni he tenido, quien me ayude, y he andado los países en que he hecho la guerra como un descubridor, pero no con hombre que tenga iguales sentimiento a los míos, de sacrificarse antes que sucumbir a la tiranía”. En esa carta que le escribió Belgrano desde Jujuy, el 25 de diciembre de 1813, le confesó que “entré a esta empresa con los ojos cerrados y pereceré en ella antes que volver la espalda. En fin, mi amigo, espero de usted un compañero que me ilustre, que me ayude y quien conozca en mí la sencillez de mi trato y la pureza de mis intenciones, que Dios sabe no se dirigen ni se han dirigido más que al bien general de la patria y a sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que vivían”.

Belgrano tampoco estaba bien. Sufría de paludismo que lo tenía a maltraer desde hacía tiempo, pero la fiebre y los dolores no lo retrasaron. El 17 cruzó el río Juramento, ayudado por Manuel Dorrego quien organizó una maniobra de distracción del enemigo, y ese mismo día, en la Posta de Algarrobos se abrazó por primera vez a San Martín.

 

En la posta de Yatasto, donde se alojaron varias personalidades de nuestra historia, está recreado el encuentro entre San Martín y Belgrano

Por años se sostuvo que el famoso encuentro había sido en la Posta de Yatasto, aunque investigaciones de historiadores lo han puesto en duda. La Posta de Algarrobos estaba ubicada a unos setenta kilómetros al norte de Yatasto.

Ambos se alojaron en la Estancia de las Juntas, propiedad de Manuel José Torrens, un catalán que había adherido a la Revolución de Mayo. Casado con Isabel Gorriti, entre 1812 y 1814 se había dedicado a pasarle información a Belgrano y a asistirlo en cuestión de caballadas y provisiones. El casco se levantaba cerca de la unión de los ríos Metán y Yatasto.

Belgrano desconocía la orden del Segundo Triunvirato que designaba a San Martín como jefe del Ejército Auxiliar del Perú. Por eso, el 21 lo designó su segundo jefe y le encomendó que fuera a Tucumán —ya que Salta y Jujuy ofrecían garantías de seguridad por la proximidad de los españoles— a hacerse cargo de la instrucción de la tropa.

El 29 de enero San Martín asumió la jefatura del ejército y en San Miguel de Tucumán, en lo que entonces eran los arrabales, levantó La Ciudadela, donde estableció el cuartel. Era una fortaleza con forma de estrella de cinco puntas que ocupaba cuatro manzanas y que estaba rodeada de un foso de dos metros de profundidad.

San Martín no podía creer con lo que se había encontrado. Describió a las fuerzas que debía mandar como “tristes fragmentos de un ejército derrotado”. Soldados harapientos que, al decir del flamante jefe, no podían salir del cuartel porque no contaban con ropa que los cubriese. Por eso pidió uniformes y, desobedeciendo una disposición del Gobierno, con los caudales apropiados en Potosí, le pagó a la tropa sueldos adeudados.

Mal armados, pertenecían a regimientos de los que solo habían quedado retazos. San Martín disolvió el Regimiento 6, con muchas bajas y con casi ningún oficial e integró a esos hombres al Regimiento 1 y puso al mando a Belgrano; también hizo lo propio con el Regimiento 8, el Batallón de Cazadores, y el 2 también fue reemplazado. Sobrevivió como caballería los Dragones del Perú. Nombró al tucumano Gregorio Aráoz de La Madrid como su ayudante de campo.

Según San Martín, la oficialidad con la que se encontró, “además de ignorante y presuntuosa, se niega a todo lo que es aprender, y es necesario estar constantemente sobre ellos para que se instruyan, al menos de algo que es absolutamente indispensable que sepan”.

Debió desplazar al valiente Manuel Dorrego cuando, en la tarea de uniformar las voces de mando, el coronel se rió abiertamente de la voz aflautada de Belgrano. Al día siguiente, Dorrego era informado: debía dejar el ejército y dirigirse a Santiago del Estero a esperar órdenes.

Contó con la ayuda de Belgrano, quien lo ilustró acerca de la forma de ser y de pensar de los soldados y del comportamiento de los oficiales; además le describió la particular geografía en la que se encontraban y la idiosincrasia del norteño. Asistía a las clases de San Martín que daba a los oficiales sobre el arte de la guerra.

Belgrano ofreció quedarse con él, “aunque sea de soldado, me alegraría, pues deseo batirme con ese indecente canalla que sólo por castigo del cielo pudo arrollarnos”.

El 12 de febrero por la noche, San Martín recibió la orden del Gobierno de que Belgrano dejase el ejército y se pusiese en camino a Córdoba. Como planeaba mantenerlo cerca suyo, esgrimió excusas, como la enfermedad que padecía, que era inadecuado que emprendiese el viaje en época de lluvias y de intenso calor y que aún no se había hecho la entrega formal del archivo de la secretaría.

Es que San Martín no quería desprenderse de él: era querido por los lugareños, conocía las costumbres y lo consideraba de utilidad en la instrucción de los oficiales. Pero no hubo caso: el director supremo Gervasio Posadas, quien había asumido el 22, le insistió en que la orden fuera cumplida. El 18 de marzo Belgrano partió hacia Santiago del Estero y allí estuvo hasta fines de mayo, cuando recibió la orden de ir a Buenos Aires.

Sería sometido a un consejo de guerra por sus derrotas en Vilcapugio y Ayohuma. Cuando llegó a Luján fue arrestado y por su delicado estado de salud, le permitieron permanecer en San Isidro, donde escribió su autobiografía. Sin embargo, el Gobierno evaluó que tendría un impacto negativo juzgar a un oficial, terminó sobreseído y en septiembre recibió un encargo de una misión diplomática junto a su amigo de la infancia, Bernardino Rivadavia, a quien había desobedecido la orden de bajar a Córdoba y quedarse a dar batalla en Tucumán.

Tiempo después, el jefe de Granaderos diría sobre Belgrano que “es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en cuanto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en América”.

San Martín permaneció cuatro meses al frente del Ejército del Norte. La geografía le hizo tomar conciencia que sería imposible liberar América a través del Altiplano y planeó una alternativa superadora. Renunció a la jefatura y se dirigió a Córdoba, soportando los dolores de su úlcera estomacal. Se haría nombrar gobernador de Cuyo, desde donde encararía el plan fantástico de cruzar los Andes.