El 1 de diciembre de 1955, una costurera afroamericana se negó a ceder su lugar a un pasajero blanco en Alabama. Su arresto desencadenó un histórico boicot al transporte público y se convirtió en un símbolo de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos.

Rosa Parks, símbolo de la lucha contra la segregación racial en Estados Unidos. (Foto: cortesía WELT)
Estaba cansada. Era una costurera de cuarenta y dos años que terminaba un largo día de trabajo mal pago. Rosa Parks pertenecía a la numerosa y marginada comunidad negra de la racista ciudad de Montgomery, capital del también racista estado de Alabama, Estados Unidos. La desangelada tarde del 1 de diciembre de 1955, Rosa trepó al micro interno 2857 del servicio de autobuses de la ciudad. El cansancio de Rosa no era sólo físico: estaba hastiada del racismo irracional del sur de Estados Unidos que, en medio de la desatada Guerra Fría, seguía fiel a sus principio previos a Abraham Lincoln y a la abolición de la esclavitud.
Aquel mundo cambiaba por horas. A diez años de terminada la Segunda Guerra Mundial, los soldados negros que habían combatido en Europa y en el Pacífico sin que nadie les preguntara por el color de su piel, exigían igualdad de derechos junto a los nietos y bisnietos de los esclavos que vivían en una sociedad dividida para blancos y negros. Restaurantes, colegios, hospitales, parques, recreos, autobuses, iglesias y hasta bebederos públicos estaban destinados unos a blancos y otros a negros, todo bajo una hipócrita justificación del racismo que era hasta doctrina jurídica en el Sur y que hablaba de “separados, pero iguales”.
Así que Rosa subió a aquel micro que la llevaría hasta su casa y cumplió con el ritual de siempre. En los servicios públicos de Montgomery, los negros debían sentarse en la parte trasera del vehículo y no podían siquiera circular por el interior: debían subir por la puerta delantera, pedir su boleto y pagarlo, bajar y caminar hasta la puerta trasera para por fin poder instalarse en el micro. Eso hizo Rosa, pero se sentó donde no debía: en el medio del vehículo, en los asientos destinados a la población blanca.

La activista que se negó a ceder su asiento en un autobús de Montgomery y marcó un antes y un después en la lucha por los derechos civiles. (Foto: Library of Congress)
Cuando Rosa murió, el 24 de octubre de 2005, hace ya veintiún años, la historia volvió a ser contada, enriquecida por los detalles que había dejado a lo largo de su vida aquella costurera cansada. Cuando el micro circulaba por la Cleveland Avenue, en el centro de la ciudad, el chofer, James Blake, les pidió a Rosa y a otros dos jóvenes negros que fueran a sentarse donde debían, en la parte de atrás, para que hallara su asiento un muchacho blanco que acababa de subir. Rosa Parks diría años después a la BBC: “El chico blanco ni siquiera había pedido el asiento…”. Los dos jóvenes negros se levantaron y marcharon hacia la parte posterior del micro. Pero Rosa dijo que no, y explicó su decisión con su frase épica: “Estoy cansada”. Y lo estaba.
Blake se encabritó un poco porque previó dificultades en un viaje tranquilo y sin dramas, que de pronto había pasado a ser un proyecto de desastre. Él también hizo lo que se esperaba: “Si usted no se levanta, voy a tener que llamar a la policía y hacer que la arresten”, dijo. Y Rosa respondió: “Bueno, entonces hágalo”. Y Blake lo hizo. Cuando la apresaron, en la siguiente parada del ómnibus, ella le preguntó al policía que la aferraba del brazo, sin perder su calmado ánimo de mujer cansada: “¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué nos empujan por todos lados…?” El policía, un poco desconcertado, respondió: “No lo sé. Pero, la ley es la ley y ahora usted está bajo arresto”. La acusaron de perturbar el orden y la encerraron en la comisaría local.
¿Quién era aquella mujer cansada? Rosa Louise McCauley Parks no era una improvisada, ni una ingenua, no era cándida, ni inexperta. Había nacido el 4 de febrero de 1913 en Tuskegee, otra ciudad de Alabama, en el Sur profundo de Estados Unidos. Su padre, James McCauley, era carpintero y su mamá, Leona Edwards, maestra de escuela. Tenía ascendencia africana, pero también sangre nativa americana, escocesa e irlandesa. Tuvo una suerte que no alcanzó a la mayor parte de los chicos negros de Alabama: pudo estudiar en la Montgomery Industrial School for Girls y luego, impulsada por su madre, en la Alabama State Teachers College for Negroes.
Cuando egresó, se casó con un peluquero y barbero, Raymond Parks; ambos se asociaron en 1940 a la Montgomery Voters League para ayudar a la población afroamericana a inscribirse en las listas electorales y tener derecho al voto. Era una manera de conquistar sus derechos: votar. La Corte Suprema había ordenado a los estados sureños abrir la posibilidad de voto a todos los ciudadanos, orden que fue cumplida pero con una trampa: la decisión de tomar un examen a quienes aspiraran a inscribirse en el listado electoral. El examen consistía en dar respuesta a una serie de preguntas sobre la historia y sobre la Constitución de Estados Unidos. El alto porcentaje de analfabetismo que reinaba en la población negra, incapacitaba a la mayoría a tener acceso al voto. Rosa y su marido se unieron también al movimiento por los derechos civiles, todavía en embrión, y ella consiguió un trabajo como secretaria de la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP), en su filial de la durísima ciudad Montgomery.

El arresto de Rosa Parks, el 1 de diciembre de 1955, impulsó el boicot a los autobuses de Montgomery. (Foto: AFP)
De manera que la mujer que subió a aquel micro para volver a casa y se emperró en no ceder su asiento, reservado a la población blanca, no era sólo una costurera cansada después de un día de trabajo mal pago: era una militante por los derechos civiles. Y estaba harta. Su “estoy cansada”, no era una declaración de principios, era una declaración de intenciones. Con ella y con sus esperanzas, fue a parar a la cárcel de Montgomery. Su esposo Raymond y unos amigos lograron reunir los quince dólares, una pequeña fortuna en 1955, para pagar la fianza y para que Rosa saliera en libertad. Cuando lo logró, un par de días después del arresto, se reunió con la dirigencia negra de Montgomery: algo había que hacer. Mientras, una de sus amigas, Johnnie Carr, se encargó de dar a conocer a la población negra la noticia de su breve paso por la prisión: los ánimos se picaron bastante y Rosa pasó a ser una mujer muy popular.
La súbita fama de Rosa Parks llegó de inmediato, esas noticias vuelan, a un templo baptista de la avenida Dexter, en el centro de la ciudad. Allí predicaba un joven pastor negro de veintiséis años que había llegado a Montgomery el año anterior; estaba doctorado por la Universidad de Harvard y sus seguidores lo miraban con curiosidad. El tipo no hablaba tanto del río Jordán y de la Biblia como única regla suprema de fe, sino de Sócrates y Aristóteles, citaba a William Shakespeare, a Galileo y a su contemporáneo filósofo e historiador Arnold Toynbee; decía estar inspirado por Mahatma Gandhi y predicaba “la victoria sobre nuestros enemigos a través del amor”. Su voz profunda era muy escuchada. Era Martin Luther King.
King, Parks y la dirigencia negra de Montgomery sacaron cuentas: concluyeron que los veinticinco mil habitantes negros de Montgomery constituían el setenta y cinco por ciento de la clientela de la compañía de micros. La decisión que adoptaron fue sencilla: boicotearon por veinticuatro horas el servicio de transportes. El boicot fue un éxito. Lo que siguió fue fácil de decidir, pero difícil de seguir adelante: ampliaron el boicot y establecieron una serie de condiciones para ponerle fin.
Como requisitos elementales exigieron que se pusiera fin a la absurda medida de separar a los pasajeros por el color de la piel (la Corte Suprema ya había declarado ilegal la discriminación racial en las escuelas); que los conductores trataran con más consideración a la población negra; que se contratara a choferes afroamericanos y que los ciudadanos negros pudieran sentarse donde quisieran en cualquiera de los micros en servicio y seguir sentados hasta el final del trayecto. La compañía de transporte respondió que sus conductores serían más corteses con los pasajeros negros. Y ni una palabra más.

El boicot al transporte público de Montgomery se extendió durante más de un año y se convirtió en un hito del movimiento por los derechos civiles. (Foto: Stanford University Libraries)
Nada iba a ser fácil. Al frente de los segregacionistas estaba el propio alcalde de Montgomery, William Armistead “Tacky” Gayle Jr., un veterano de las dos guerras mundiales, condecorado y con el grado de general de brigada. Lo habían elegido en 1951 y tenía cincuenta y seis años cuando estalló el boicot. Era un tipo decidido con una receta que creía infalible: echar nafta al fuego para domar a aquel sector arisco de su sociedad inmaculada.
Gayle, sus ministros, sus funcionarios y sus colegas se inscribieron todos en el Comité de Ciudadanos Blancos de la ciudad y, luego, Gayle anunció que Montgomery jamás cedería ante los instigadores del boicot. Y lo puso blanco sobre negro: “Llevamos demasiado tiempo dando rodeos —declaró—y ya es hora de hablar claro. Por lo visto, los negros están convencidos de que tienen a los blancos atrapados y pretenden no ceder hasta conseguir que la comunidad blanca acceda a sus demandas”.
El boicot a los micros, que había empezado como un gesto simbólico, se transformó en símbolo de resistencia: duró más de un año, trescientos ochenta y un días. La compañía de transportes perdió fortunas; muchos de sus conductores se fueron a trabajar a otras ciudades; el conflicto se extendió a otras poblaciones del Estado, después a otras ciudades del país, sobre todo las castigadas por el racismo, por las andanzas de Ku Klux Klan y por el linchamiento de chicos negros como Emmett Till, de catorce años, asesinado en agosto de 1955, tres meses antes de la rebelión de Rosa Parks. Por fin, el drama de Alabama fue conocido en todo Estados Unidos y en todo el mundo.
A lo largo de ese año, los negros demostraron que podían prescindir del transporte público; muchos caminaron a diario hasta sus empleos y bajo cualquier clima, otros usaron sus bicicletas; Luther King, con Rosa a su lado como bandera del boicot, organizó un servicio paralelo de transporte integrado por doscientos autos que llevaban ida y vuelta a quienes trabajaban lejos de sus casas.

La negativa de Parks a levantarse de su asiento desafió las leyes segregacionistas del sur estadounidense. (Foto: Stanford University Libraries)
Para su estupor, el alcalde Gayle descubrió incluso que las familias blancas que empleaban a cocineros, criados y niñeras negros, los trasladaban en sus coches o les pagaban los taxis. El alcalde estalló de furia y acusó a sus víctimas: “Pugnan por destruir nuestra armazón social, como hacen los líderes radicalizados que los guían. Los negros se burlan de los blancos a escondidas: les parece muy divertido que algunos blancos contrarios al boicot de los negros sirvan de choferes a los negros que boicotean el servicio de micros”.
El poder judicial del Estado estaba en favor de la segregación: en pleno boicot, un fiscal desempolvó una ley de 1921 que prohibía “la obstaculización del comercio”, en este caso el de la empresa de transportes. Luther King y otros ciento catorce líderes negros fueron arrestados y acusados ante un tribunal penal de ese delito. La acusación decía, entre otras cosas: “En este Estado, defendemos la segregación porque así lo quiere la costumbre y la ley, y tenemos el propósito de mantenerla”.
Como era previsible, un juez encontró culpables a Luther King y al resto de los acusados y los condenó a pagar una multa de mil dólares, unos doce mil quinientos dólares de hoy, más las costas del proceso. Todos fueron puestos en libertad bajo fianza mientras esperaban el resultado del proceso, pero la acción judicial hizo que la comunidad negra de Montgomery llevara el boicot a instancias judiciales superiores. El 5 de junio de 1956 el Tribunal del distrito, por dos votos a uno, declaró que la segregación en los micros era inconstitucional, de acuerdo con la décimo cuarta enmienda a la Constitución de Estados Unidos. Alabama y Montgomery, estado y ciudad, apelaron a la Corte Suprema y cinco meses más tarde, el 13 de noviembre de 1956, a casi un año del “no” de Rosa Parks, la Corte, que ya había rechazado la segregación en parques, recreos públicos y colegios, prohibió también la segregación en el transporte público federal.
Aquel “estoy cansada” fue el primer paso, el banderazo de salida para el gran movimiento por los derechos civiles de la sociedad negra que iba a liderar Luther King y que iba a ensangrentar, a enlutar, a dividir a la sociedad americana en los años 60, pero que también iba a definir de una vez y para siempre una nueva convivencia social, abierta y más libre. Siempre hubo matices y algunos subsistieron.
Cuando el boicot terminó, Martin Luther King trepó a un micro de Montgomery. Días antes había predicado a los suyos: “Me llevaría un gran desengaño si alguno de ustedes alardeara de que los negros hemos vencido a los blancos. Si lo hacen, habremos perdido toda nuestra lucha en el sur. Vuelvan con humildad y mansedumbre”. Ahora, quería sellar su victoria con un mensaje a la comunidad negra “para que no perpetuara la costumbre de sentarse en la parte de atrás y, con eso, perpetuar la segregación”.
Martin Luther King fue una de las figuras centrales del movimiento que convirtió el caso de Parks en una lucha colectiva. (Foto: AFP)
El chofer que le vendió el boleto supo enseguida quién era su pasajero, pero igual preguntó: “¿Usted es el pastor?” “Sí, ¿cuánto es?“, le dijo King. Eran quince centavos, cinco centavos más que el año anterior cuando había empezado todo. Luther King pagó y no bajó para ascender por la puerta trasera, se desplazó por el pasillo central y se sentó en uno de los asientos antes prohibidos. Viajó hasta el final del recorrido y dijo cuando llegó a destino: “Fue un viaje estupendo”. La comunidad blanca de Montgomery y de Alabama respiró aliviada con el final del conflicto y hasta con cierto humor: el cajero de un banco dijo en broma a un grupo de ciudadanos negros: “Ahora se van a dar cuenta de que, después de un año de boicot, van a poder disfrutar del mismo servicio de mierda que disfruto yo cada día”.
Rosa Parks se hizo famosa en todo el mundo. Siguió con su activismo político por los derechos civiles y, a su tiempo, en contra de la guerra de Vietnam. Fue seguidora del líder negro Malcom X, un religioso que había abrazado el islam, contrario al pacifismo de Luther King, que sería asesinado en 1965, un año después de sancionada la Ley de Derechos Civiles y tres años antes del asesinato de Luther King. A inicios de los años 60, Rosa se marchó de Alabama, de nuevo cansada, pero esta vez de las amenazas de muerte que el matrimonio recibía en Montgomery. Se instalaron en Chicago y durante veinte años fue secretaria del congresista demócrata John Conyers.
En 1994, a sus ochenta y un años, sufrió un asalto en su casa. El ladrón, un ratero menor de edad, entró convencido de que no había nadie en el interior y manoteó de una mesa cincuenta y tres dólares; listo para huir se topó con Rosa a quien le pidió más dinero; ella le dio tres dólares más y, cuando el chico se puso pesado, le dio otros cincuenta dólares; luego confiaría que le había preguntado si sabía quién era ella: el chico le dijo que no y le dio un golpe en la cara. La internaron por unas pocas horas en un hospital.
El ladrón era un tal Joseph Skipper, afroamericano como Rosa, y sí sabía muy bien quién era su víctima: lo pescaron días después en otro robo y lo condenaron a quince años de cárcel. Admitió que cuando pisó aquella casa, sabía quién era la persona que vivía allí. Culpó de sus robos al consumo de drogas, aceptó su culpa y dijo que quería pedirle perdón a Rosa en persona ni bien dejara la prisión. No fue posible. Ella murió antes de que Skipper recuperara su libertad.

En sus últimos años, Rosa Parks recibió numerosos reconocimientos por su papel en la lucha por los derechos civiles. (Foto: AFP)
Cuando Rosa Parks murió a los noventa y dos años, hace un cuarto de siglo y porque entonces fue su corazón el que se cansó, había recibido una cantidad impresionante de premios y distinciones: en 1979 la NAACP le concedió la medalla Spingarn, su más alta distinción; al año siguiente recibió el Premio Martin Luther King Jr. y fue incluida en 1983 en el Michigan Women’s Hall of Fame. En 1996 el entonces presidente Bill Clinton le prendió al cuello la Medalla Presidencial de la Libertad, el más alto honor civil que entrega el gobierno de Estados Unidos y en 1999 recibió la Medalla de Oro del Congreso de Estados Unidos, un reconocimiento que se hizo esperar. Fue la primera mujer velada en la Rotonda del Capitolio y la segunda persona afroamericana en ser honrada con ese efímero privilegio.
Su lucha es recordada en monedas, sellos postales y hasta por una estación de trenes regionales de Francia. Una de las tantas fotos que la consagran fue tomada ni bien iniciado el boicot: la muestran en un autobús de Montgomery, no el original, sentada delante de un hombre blanco que no es un pasajero común, sino un periodista de la revista Look que se prestó a recrear una realidad que era impensable unos días antes de que se tomara la foto. La revista Look dejó de publicarse en 1971. El autobús verdadero, el que escuchó el estoy cansada de Rosa Parks, se exhibe hoy en el Museo Henry Ford de Detroit, Michigan.
A ese micro de leyenda trepó en abril de 2012 el entonces presidente Barack Obama, candidato a su reelección. Subió solo y se sentó junto a una figura que recuerda a Rosa Parks. Dijo luego: “Estuve meditando sobre el valor y la tenacidad que forman parte de nuestra historia reciente”, representados por un linaje de personas que siguen siendo desconocidas, que no han entrado en los libros de historia, pero que han luchado constantemente por obtener su dignidad, su parte del sueño americano”.
Cada vez que esos valores se recuerdan, tenacidad, dignidad, coraje, rebeldía, lucha, entereza, el viento de la historia devuelve en un murmullo una de las frases favoritas de Rosa Parks: “El mayor enemigo de la verdad no es la mentira: es el silencio”.
Sabía de qué hablaba.
Fuente: TN
