Fue una operación que se mantuvo en secreto, planeada para ser ejecutada el 1 de abril pero una furiosa tormenta obligo a retrasar los planes. El accionar de los efectivos del Ejército, de los comandos anfibios e infantes de marina en esa histórica jornada
El domingo 28 de marzo amaneció radiante. Pero a la noche el Cabo San Antonio, un buque transporte de tanques construido en los astilleros de Río Santiago y botado en 1968, comenzó a bambolearse como el mismísimo infierno. Había zarpado desde Puerto Belgrano llevando parte de una fuerza de desembarco cuyos hombres aún desconocían el destino.
El 29, el 30 y el 31 soportaron un temporal del suroeste que nunca jamás las tropas de infantería embarcadas, entrenadas para la tierra firme, había ni siquiera soñado tener que afrontar.
La operación, que el alto mando denominó “Azul”, debía ser “incruenta, sorpresiva y de corta duración”. La fuerza de desembarco estaba integrada, además de por esa esa nave, por el buque de transporte Islas de los Estados, el Rompehielos Almirante Irízar, el Submarino Santa Fe, las fragatas Santísima Trinidad y Hércules y las corbetas Drummond y Granville. Más alejados, el Portaaviones 25 de mayo, su Grupo Aeronaval y las bases de la fuerza aérea del continente.

Se arma el operativo
El incidente del 19 de marzo en Puerto Leith, en las islas Georgias, en el que obreros de una empresa argentina habían ido a desguazar una factoría ballenera, había precipitado los hechos. El 23 ya se le había preguntado a la Marina, que venía trabajando en el proyecto de recuperación desde el año anterior, sobre la fecha más cercana para llevar adelante el plan.
El 25 por la tarde la Junta Militar había ordenado que la flota debía partir el 28 al mediodía y que el 1 de abril desembarcarían en las islas. Entre el 26 y el 28 los buques que participarían fueron debidamente aprovisionados.
De la fuerza participarían infantes de marina, comandos anfibios y la compañía C del Regimiento 25, a cargo del Teniente Primero Carlos Esteban. Estaba integrada por las secciones al mando del Teniente Roberto Estevez y del Subteniente Juan José Gómez Centurión, las que encabezarían una operación pero para controlar Darwin. Una tercera sección, al mando del Subteniente Roberto Reyes, tendría la responsabilidad de una operación aeromóvil para capturar al gobernador.

Ellos fueron informados de la histórica misión el viernes 26 de marzo. Seineldín les dio una orden que algunos hasta tomaron con fastidio: debían llevar su sable porque iban a ir a la batalla, y además se incorporaría un trompeta de órdenes. Así fue como el cabo primero músico Omar René Tabarez, un entrerriano de 19 años, que integraba la banda del Regimiento 25, fue parte de la operación.
Los de Reyes serían los únicos efectivos de Ejército en participar de las acciones en Puerto Argentino ese viernes 2 de abril. Debía armar con los soldados incorporados dos meses antes una fracción liviana con buen poder de fuego y rápido despliegue.
En los dormitorios de cinco pisos con cuchetas del San Antonio se acomodaron, en el reducido espacio separado por estrechos pasillos y escasa ventilación, los 37 efectivos del Regimiento 25.
El barco, una mole de 144 metros de largo, se movía mucho por el mar picado. Los mareos y las descomposturas de los que estaban acostumbrados a la quietud de la tierra, enseguida hicieron mella. Lo que aun ignoraban es que los bamboleos durarían hasta el día del desembarco.

Los oficiales procuraban mantener ocupados a sus hombres. En las cubiertas superiores se hacían prácticas de defensa, contra incendio y abandono del buque. Los soldados ignoraban hacia dónde se dirigían. Especulaban con un conflicto con Chile o que iban en auxilio de un país centroamericano. Estaban navegando hacia el sur y que, al llegar a la altura de Río Gallegos, pondrían proa hacia las islas.
Si el primer día el mar estaba picado, en el segundo las condiciones empeoraron a tal punto que las violentas inclinaciones del buque hacia babor y a estribor alternativamente, levantaba del piso a los soldados y los arrojaba contra las paredes. Los que podían, hacían algo de ejercicios físicos y otros limpiaban el armamento. Rogaban llegar lo más rápido a destino. Pocos prestaban atención a los tres turnos que había para comer. Hubo gente que esos cinco días no probó bocado.
Temiendo que el temporal hiciera suspender el operativo, el Teniente coronel Seineldín le propuso al Almirante Carlos Büsser, comandante de la fuerza de desembarco, cambiarle el nombre a la operación. Seineldín recordó que en 1806, durante la primera invasión inglesa, las fuerzas que Santiago de Liniers había agrupado en Colonia y que había embarcado con proa a Buenos Aires, habían quedado a merced de una sudestada. Liniers puso sus fuerzas a protección de la Virgen del Rosario. Pudieron llegar a salvo a puerto mientras que las naves inglesas que trataron de impedirlo sufrieron graves daños. De ahí en más, la operación pasó a llamarse Rosario.

En el tercer día de navegación, los jefes de fracciones que desembarcarían fueron convocados para realizar los ensayos de las acciones que desplegarían el Día D. El subteniente Reyes recibió cartografía y demás detalles para ajustar la incursión que debían realizar en la casa del gobernador. El joven oficial debió exponer cómo haría dicha operación y se realizaron los ajustes correspondientes.
Estaba todo listo para el desembarco planeado para el 1 de abril.
En el cuarto día, Büsser decidió postergar el desembarco para el día siguiente. Los ingleses habían detectado a las fuerzas argentinas y preparaban la defensa, fortificando zonas de interés. Se había perdido la sorpresa táctica.
Preparar la cabecera de playa
A las diez de la noche del 1 de abril, el cabo principal comando Carlos Cequeira, 27 años, como llevaba las patas de ranas puestas, al salir del kayak -reliquia conservada en el Museo de Infantería de Marina- cayó de espaldas sobre la arena de Malvinas.
Junto a Bernardo Schweizer fueron los primeros argentinos en pisar las islas. Cuando se planeó la recuperación, Schweizer escogió a Cequeira como compañero de combate, en quien confiaba ciegamente.

El 21 de marzo habían entrado en alerta y su agrupación, que estaba en la Base de Mar del Plata, fue llevada a Puerto Belgrano, donde embarcaron en la fragata Santísima Trinidad. Sabían la misión: tomar un cuartel y una sede de gobierno, y luego debían realizar una evacuación inmediata. Pero no le dijeron cuál ni dónde era.
En la noche del 1 de abril, luego de atravesar una tormenta de aquellas, el buque ancló en las inmediaciones de la bahía Enriqueta. Entonces, 94 comandos anfibios y buzos tácticos de la Armada ocuparon 22 botes de goma y un kayak y se lanzaron a un mar que estaba increíblemente calmo, y con una luna delatora que alumbraba por demás. Al mando estaba el capitán de corbeta Guillermo Sánchez Sabarots y su segundo era el capitán de fragata Pedro Giachino.
Navegaron en botes de goma a motor hasta la rompiente, y ahí Schweizer y Cequeira se pasaron al kayak, que llevaban remolcado. Era un modelo alemán, completamente desarmable para que pudiese transportarse en un submarino. Debían asegurar la zona para que pudiera desembarcar el resto de los comandos. Ambos conocían el plan a seguir por si a uno le pasaba algo, el restante debía terminar la misión.
Schweizer con un visor nocturno y detrás Cequeira con un compás, guiaba la navegación. El primero intuyó ver una luz y presencia de hombres, que luego confirmarían que eran británicos con dos ametralladoras. Debieron cambiar de cabecera de playa.

Buscaron un punto a unos quinientos metros de ese lugar, más al norte. Si bien era un terreno más pequeño, comprobaron que estaba desierto, y fue cuando, cerca de las 23, desembarcó el resto de los hombres.
Dos horas después iniciaron la marcha hacia los dos objetivos: la casa del gobernador y el cuartel de los Royal Marines, puntos que debían tomar a las 6 de la mañana, y sin producir bajas. Para ello, la patrulla se dividió en dos grupos: unos fueron con Sanchez Sabarots y el otro con Giacchino. Avanzaron caminando por la turba mojada, con una tenue llovizna y sorteando toda clase de obstáculos.
Mientras tanto, hubo un cambio de misiones. Se usaría como lugar de desembarco la zona oeste de la bahía Yorke. Se canceló la orden de apoderarse de los servicios públicos, a esa altura reforzados por los británicos y que los efectivos de Seineldín tomasen el control de la pista del aeropuerto. Sabían que los comandos tácticos y anfibios se dirigirían a la casa del gobernador y que otro grupo de comandos debían apoderarse del cuartel de Moody Brook.
Reyes y sus hombres se familiarizaron con prácticas de embarque y desembarque del vehículo anfibio a oruga (VAO) con el que se trasladarían a la playa. El VAO 10 tenía capacidad para 26 integrantes de la sección; los 11 restantes apoyarían el desembarco desde el San Antonio. La adrenalina los hizo olvidar de los mareos.

Recuperar Malvinas
A las 18 del 1 de abril, luego de oír misa por altavoz, fue el comandante de la fuerza de desembarco que reveló el objetivo de la misión. En la Santísima Trinidad se leyó el mismo mensaje a la misma hora. Hubo emoción, alegría, gritos de júbilo y vivas a la Patria. Esa noche el mar se había calmado, pero nadie durmió.
Durante la madrugada del 2 eran incesantes los desplazamientos por los angostos pasillos de las cubiertas bajas. La bodega del buque estaba impregnada del olor a los motores encendidos de los vehículos anfibios. Las órdenes y los gritos se mezclaban con el chillido de las radios buscando las frecuencias. Las luces permanecían apagadas.
Reyes ordenó a sus hombres colocarse el chaleco salvavidas. Cuando el sargento Colque terminó de repartirlos su mirada lo dijo todo: no había para él ni para Reyes. Rogaron no tener que necesitarlos. A las 5:30 Reyes y sus hombres estuvieron listos. Así se lo hicieron saber a Seineldín, quien los arengó. Sus palabras las interrumpió la orden que vino de los parlantes de la bodega: hora de embarcar.
Dentro de los vehículos anfibios se había ordenado silencio de radio; las compuertas laterales y superiores estaban cerradas y los soldados lograban adivinar el rostro de sus compañeros gracias a una tenue luz roja interior. En silencio esperaban la orden de “primera ola al agua”.
Entre las 6:05 y las 6:10 se abrieron las compuertas de proa, el ruido de los motores pareció atenuarse y el humo de los 21 vehículos se disipó por el cambio de aire. Minutos después los hombres sintieron carretear el vehículo y de pronto se encontraron flotando. Seineldín había ordenado al soldado Juan Pessaresi poner en el grabador Cala Cuerda, una marcha de fusileros ejecutada por los criollos durante las invasiones inglesas.

Los vehículos anfibios pusieron proa a “Playa Rojo W”, punto donde desembarcarían y asegurado por los buzos tácticos. Se percataron que no estaban recibiendo fuego, aunque a lo lejos se escuchaban disparos en dirección a la ciudad. Encontraron la pista sembrada de vehículos y de maquinaria dejada por los Royal Marines y además habían apagado el faro San Felipe.
El buzo táctico Cequeira contó luego que hubo una débil resistencia de los soldados británicos, quienes les dispararon durante diez minutos y que luego desaparecieron del lugar. Lo primero que hicieron los argentinos fue arriar la bandera inglesa e izaron la nacional, tarea que estuvo a cargo de Sánchez Sabarots y del suboficial Guillermo Rodríguez, comando anfibio.
Los 16 comandos que lideraba el capitán Pedro Giachino habían llegado a la casa del gobernador. El oficial se adelantó solo, derribó la puerta y fue herido por el fuego de una ametralladora. El Teniente de fragata Diego García Quiroga intentó auxiliarlo y también resultó herido, como luego el cabo enfermero Ernesto Urbina.
Luego de una débil resistencia, los británicos y el gobernador Hunt se rindieron. Los comandos tenían sentimientos encontrados: estaban eufóricos por la misión en la que participaban, pero tristes por Giachino, quien murió desangrado en el hospital por un disparo en la arteria femoral.
Mientras tanto, Reyes había ordenado quitar las tapas de cubierta del vehículo y, en medio de un mar increíblemente calmo, iluminado por los destellos del amanecer, vio las luces de Puerto Argentino. Miró hacia atrás y contempló la flota de desembarco. Los gritos de alegría volvieron cuando sintieron que las orugas habían tocado las rocas y transitaba por la arena de Malvinas.
Momento en que los efectivos

Tropas del Batallón de Infantería de Marina N° 2 y Reyes y su sección se dirigieron al aeropuerto. Lo hallaron vacío y los Royal Marines ni siquiera habían dejado trampas explosivas. Se dedicaron a remover una treintena de máquinas y camiones que obstruían la pista.
Luego, recibió la orden de rastrillar una de las calles de Puerto Argentino, en dirección a la casa del gobernador. Debían capturar a los soldados ingleses que encontrasen, y cuidarse especialmente de no producir bajas en la población. Solo encontraron a dos británicos paramédicos que se dirigían al hospital a atender a los primeros heridos.
Mientras el comandante de la fuerza de desembarco estaba reunido con el gobernador en su residencia y en el jardín los Royal Marines eran custodiados por comandos anfibios, aterrizaba el Hércules que transportaba al resto del Regimiento 25. Y al aeropuerto llegaban efectivos transportados en helicópteros desde el Irízar.
Cerca del mediodía se realizó una formación en el patio de la casa para materializar oficialmente la recuperación de las islas. Durante los preparativos se cortó la driza del mástil, y el subteniente Reyes se trepó a la punta para engancharla. Algunos lo interpretaron como un mal augurio.
El debut de Tabares como trompeta fue cuando la bandera argentina volvió a flamear en las islas. Tocó, en inmediaciones del aeropuerto, la Diana de gloria, que simboliza una expresión de júbilo.

“Buenos días, argentinos”, saludó a las 7:30 el presidente de facto Leopoldo Galtieri a su gabinete. Estaba presente el flamante gobernador de Malvinas, el general Mario Benjamín Menéndez. Minutos antes de las 10 de la mañana, la Junta Militar emitió el primer comunicado: “Las Fuerzas Armadas, en una acción conjunta, con el fin de recuperar para el patrimonio nacional los territorios de las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, se hallan empeñadas en combate para alcanzar el objetivo señalado”.
La gente se dio cita en la Plaza de Mayo y pasadas las dos y media de la tarde, Galtieri se asomó al balcón. “Aceptaremos el diálogo después de esta acción de fuerza, pero con el convencimiento de que la dignidad y el orgullo nacional han de ser mantenidos a toda costa y a cualquier precio”. Luego, salió a la plaza y se mezcló con la gente.
Las Georgias
El lunes 29 de marzo llegó la orden a la Infantería de Marina de alistar un grupo de 40 hombres para una operación, de la que no se podía dar ningún detalle. El grupo -34 conscriptos, un cabo principal, tres cabos segundos- quedó al mando del Teniente de navío Guillermo Luna y el Teniente de corbeta Roberto Giusti. Abordaron la Corbeta Guerrico, en la que debieron cargar armamento y municiones. Navegaron durante cinco días, en un mar especialmente embravecido. Nadie comió producto de una sucesión de mareos y descomposturas, en un bamboleo sin fin entre olas gigantescas. Fue difícil dormir, ya que los camarotes no alcanzaban para todos: eran compartidos por dos o tres hombres y otros debían descansar en los pasillos.
En alta mar, les comunicaron la misión: se habían recuperado las Malvinas y ellos irían a hacerse cargo de las Islas Georgias. Transbordaron al buque Bahía Paraíso y pusieron proa al archipiélago, escoltados por la Guerrico. La operación estaba planeada para el 2 a la tarde y así aprovechar el efecto sorpresa. La tormenta que la Guerrico sufrió en alta mar retrasó todo. Fueron sabiendo que los estarían esperando. En la mañana del sábado 3 de abril comenzaron las operaciones de desembarco con helicópteros, durante dos horas de gran intensidad.
La primera ola no tuvo inconvenientes y quince efectivos desembarcaron en Punta Coronel Zelaya. Sin embargo, cuando un helicóptero Puma se aproximaba a la costa llevando 14 infantes de la segunda tanda, en un vuelo de cinco minutos, fue recibido por intensas ráfagas de disparos y explosiones. Una estela negra empezó a desprender la máquina que perdió altura y se perdió de vista.
En esa acción fallecieron el cabo primero Patricio Guanca, y los soldados Mario Almonacid y Jorge Ernesto Aguila, los primeros caídos del conflicto, descontando a Giachino. Fue un duro impacto para los soldados la muerte de dos de sus compañeros. Cuando vieron que el avance de los argentinos los fue rodeando, los ingleses se rindieron. Al mediodía todo había terminado.
Ese día 2 partió de Puerto Argentino hacia el continente el Fokker F 28 que transportaba el cuerpo de Giachino, cubierto por una bandera argentina. Esa nave, acondicionada para misiones sanitarias, puede visitarse en el Museo Nacional de Malvinas en Oliva, Córdoba.
Mientras tanto, en Malvinas Puerto Stanley cambió por Puerto Rivero, en honor al Gaucho Rivero, y a partir del 16 de abril se bautizó oficialmente a la capital como Puerto Argentino.
Ese viernes, Seineldín fue a la cabecera de la pista del aeropuerto y con una formación contemplándolo, hizo un pozo y enterró un rosario. Estaban en Malvinas. La guerra había comenzado.